Carta de Antonia San Juan a su perrita Mari

La perrita Mari - Antonia San Juan

Por ANTONIA SAN JUAN – 12-09-2013

Mari

Tu carita en el hueco de la escalera de Pontejos, cuando volvía de algún viaje, esa elegancia tuya cuando tenías la regla y no te movías de la cocina para no manchar la moqueta de la casa, esperando paciente tus horas de paseo…

Fuiste testigo de gran parte de mi vida, desde que Resu te trajo de Crevillente, con aquella carta de presentación donde nos explicaba que te llamabas Marina y que eras muy fea… Pero cuando te vi no entendí el comentario de Resu porque a mí me pareciste preciosa. Tú hiciste que Enrique amara a los animales, él que era de los que se paraba a acariciar a los perros y luego iba corriendo a lavarse las manos. Cuando Enrique y yo nos separamos, él me dijo que podía llevarme lo que quisiera de la casa, pero que por favor no te separara de su lado, y yo renuncié a estar contigo por el amor que había sentido por él.

Llegabas de tu viaje golpeada, porque unos obreros te llamaban para darte comida y en lugar de eso te daban patadas, aún recuerdo aquellos arañazos que traías, como los que nos dejas ahora a nosotros, que tanto te hemos querido.

Tantos y tantos recuerdos, Mari.

Mari, estás en mi memoria, esperándome en aquel pasillo de Núñez de Arce cuando me iba a trabajar a los bares, en las noches de incertidumbre y tristeza, tu siempre estabas ahí. Fuiste testigo de honor de los saltos que pegué por aquel pasillo cuando Almodóvar me dejó aquel mensaje diciéndome que iba a hacer el papel de La Agrado en Todo sobre mi madre, después de tantos días de pruebas, en los que yo andaba en una cuerda floja con la esperanza de que mi vida cambiara; y por fin el día que dejó ese mensaje en el contestador – que aún conservo- comencé a llorar sin control, y entonces me di cuenta de que la vida me daba una oportunidad, igual que te la había dado a ti trayéndote a nuestras vidas.

Tantos momentos Mari… cuando después en el tiempo te encontraba por la calle con Enrique, y en las despedidas tu te volvías a mirarme sin entender porqué cada uno se iba por su lado. Hasta que te acostumbraste, o nos acostumbramos a vernos solo de vez en cuando, pero cuando nos veíamos éramos felices, y me encantaba darte todos los caprichos que te gustaban: jamón, pollo, y muchos besos…

Ha sido muy duro verte enferma, ver cómo te costaba mantenerte de pie, la paciencia de Enrique y el egoísmo de los dos por mantenerte viva a costa de noches enteras en vela…

Me gustaría pensar que habrá otra vida… pero la verdad es que me conformo con estos dieciséis años.

Mari, siempre estarás en mi corazón.

¡Gracias!